La aventura militar de Cajal, un articulo de J.A. Gascón Sánchez

Aragoneses Ilustres

Cjal militar

Hoy, día uno de mayo de 2016, se cumplen 164 años del nacimiento del Premio Nobel Don Santiago Felipe Ramón y Cajal. Por circunstacias ajenas a él y a su madre y con toda seguridad debidas a su padre nació allí (su padre ejercia en aquel momento en Petilla de Aragón, pequeño enclave navarro en el interior del territorio aragonés) este genial científico y probablemente el más insigne representante de la ciencia española.

Desconocidaq por muchos una de sus etapas vitales fue su época militar por lo que he elegido un artículo publicado en el número 124 de la revista Serrablo para publicar en este blog y rendir merecido homenaje a este aragonés universal.

La aventura militar de Cajal

En el primer sesquicentenario del nacimiento de Santiago Ramón y Cajal es de justicia que se honore al insigne neuroanatómico. Nacido el 1 de mayo de 1852 no ha muerto todavía porque su obra sigue vigente. Estos 150 años transcurridos desde su venida al mundo en Petilla de Aragón sirvieron, en primer lugar para que el sabio desarrollase su cumplido ciclo vital y en segundo término, tras su muerte en Madrid en 1934 para que su legado biológico, literario y artístico tuviese divulgación. La obra cajaliana, desde que en 1879 en Zaragoza publica su primer trabajo sobre la “Inflamación”, despertó entre los médicos vivo interés. Atrás quedaban la novela “La isla de Cajal” escrita en Huesca en la adolescencia o la perfección de los dibujos como alumno del Instituto oscense que motivó un viaje hasta Ayerbe del buen profesor y pintor León Abadías en el vano intento de convencer a Justo Ramón para que reconociese el talento pictórico que ya mostraba el jovencísimo vástago Santiago.

Ahora tiene 25 años y está a punto de acabar el doctorado. Ha estado en la cátedra de histología de Maestre de San Juan y conoce a Luis Simarro, futuro y berroqueño competidor en las más duras oposiciones de las siete que tuvo que sufrir Don Santiago. En la etapa zaragozana le leían muchos para entusiasmarse, algunos para zaherirle, todos para aprender. Leían y leen una obra imperecedera que más parece hecha por un coloso que por un hombre.

La época militar de Cajal no es demasiado conocida pese a estar bien detallada en su autobiografía… “Por aquel tiempo recrudeció la guerra separatista en la Gran Antilla motivando en la Sanidad Militar de la península nuevos sorteos de personal para cubrir bajas de Ultramar. Yo fui uno de los designados por la suerte…”.

Por la ley de Castelar todo joven español sano tenía que cumplir el servicio militar obligatorio. Cajal no fue una excepción. En 1883 con 21 años y la carrera de medicina recién terminada… “me vi haciendo vida de cuartel, comiendo rancho y realizando los ejercicios… “. Era soldado y estaba feliz. El patriotismo del neuroanatómico salta a la vista en cualquiera de sus escritos. Siendo recluta tiene noticia de la convocatoria de un examen para cubrir plazas y alcanzar el empleo de teniente médico.

Se prepara concienzudamente aunque tiempo escaso… “estudié de firme algo más de dos meses…”. Con el permiso concedido va al Hospital Militar de Madrid, hace los exámenes y obtiene el número 6. Se habían presentado 100 aspirantes para 36 plazas. Con el grado de teniente es destinado a la provincia de Lérida en donde los carlistas provocaban abusos y desórdenes. Tras varios meses en tierras leridanas, por sorteo y con el grado de capitán, es destinado a Ultramar. Vuelve a Zaragoza para despedirse de la familia y marcha a Cádiz para embarcar. La travesía dura tres semanas. Hace escala en San Juan de Puerto Rico, que le cautiva, y dos días después llega a la bahía de La Habana.

Las primeras semanas en la isla son las de más grato recuerdo. Ejerce como médico en el hospital y los ratos de ocio los dedica a callejear por la ciudad y cultivar el dibujo y la fotografía, sus aficiones favoritas. Tras La Habana, toma un vapor y desembarca en Nuevitas. De allí a Puerto Príncipe, en la provincia de Camagüey. A partir de este momento, a excepción de algún rato de tertulia en la Fonda del Caballo, todo va a ser tristeza, sufrimiento y dolor. Don Santiago, que llegó a la isla imbuido por los ideales de patriotismo y solidaridad, va a vivir en la manigua caribeña los meses más amargos de su existencia. El mosquito anofeles le va a regalar la malaria y los mambises, que es como los peninsulares llamaban a los insurrectos, avanzaban por las trochas con la orden de no dejar vivo a todo aquel llegado de la metrópoli. Triste destino el del ilusionado capitán que víctima del paludismo, la disentería y posterior caquexia acaba reconociendo que los fatídicos pronósticos de Don Justo, que en todo momento se opuso al traslado de su hijo a la isla, se iban a cumplir. Salir con vida de los destacamentos de San Isidro, San Miguel y Vista Hermosa sólo se concibe, aún aceptando las excepcionales facultades físicas de que siempre hizo gala Cajal, en la certitud de tratarse de un inusual favor de la Providencia.

Enemistado con algún superior por el mal uso de los menguados fármacos existentes en la enfermería (la quinina, medicamento de elección contra el paludismo escaseaba) y con enfrentamientos con su comandante (quien no podía reemplazarle porque no tenía con quien sustituirle) la vida de Cajal en Camagüey se convirtió en un tormento. Con anemia extrema, anorexia y crisis de hipertermias se quedó anulado e imposibilitado ante cualquier intento de aliento esperanzador. El optimismo cayó en picado. La salud se escapaba a chorros. Se vio abocado en tal marasmo que se le obligó a ingresar en el llamado Hospital de los Españoles. Ahora entraba no como sanitario sino como enfermo etiquetado de caquéctico grave. Estaba desahuciado.

Hemos dicho que la naturaleza del neuroanatómico fue, como su mente, privilegiada. En las fiestas patronales de Valpalmas en 1872, después de vencer en un concurso de barra aragonesa fue también superior a todos los mozos participantes a la hora de cargarse a la espalda la talega con más peso. Ante el asombro de la concurrencia, alcalde incluido, y con gran expectación se echó sobre sus hombros un cahíz, más de 180 kilos, ocho fanegas.

Esta naturaleza le salvó. Pero su salud sufrió tal quebranto que de por vida le quedaron secuelas. Su anatomía era casi perfecta pero la enfermedad se cebó con él de manera implacable. Sin embargo, pese a la gravedad en que fue ingresado, la sobrealimentación, la acción de quinina, el reposo, las medidas de higiene obraron el milagro. Tras varias semanas hospitalizado pudo volver a los bohíos del destacamento de Vista Hermosa.

Pero prontamente surgió la tremenda recaída. Hubo recidiva y confirmación del infausto pronóstico si continuaba en la manigua.

Con gran tristeza, él que amó la milicia y de la que no quería renunciar se vio obligado a pedir la baja por motivos ineludibles de salud. Por primera vez en su vida sintió miedo al ver la multitud de soldados y oficiales víctimas, más que de los mambises, de los estragos del anofeles y sus letales efectos. No podía más, estaba gravemente enfermo, al borde de la muerte cuando una providencial visita del brigadier de la zona inspiró en éste tal estado de conmiseración que ordenó el traslado del joven capitán al hospital de La Habana. No le arredró el hecho de ver caer incontable número de conmilitones sino la impotencia de la lucha contra el plasmodio, endémico en el manigual camagüeyano. De nuevo hospitalizado y tras cobrar ciertas pagas atrasadas pudo embarcar rumbo a la Península llegando a Santander en junio de 1875.

El regreso a casa fue gratificante. Los cuidados maternos, los consejos médicos de Don Justo y la serenidad del ambiente obraron como tónicos y reconstituyentes. Decidido a consagrarse a la investigación y a la docencia comenzó a estudiar anatomía intensamente. Por oposición obtiene la plaza de Director del Anfiteatro de Disección y comienza el doctorado. Se va a Madrid y ve por primera vez preparaciones histológicas en la cátedra de Maestre de San Juan. Queda fascinado ante los cortes micrográficos.

De vuelta a Zaragoza, jugando al ajedrez (Cajal fue también un consumado ajedrecista) en el café Iberia del Paseo de la Independencia sufre fuerte hemoptisis que le repite una vez acostado en su casa. Su padre se alarma y le obliga a riguroso tratamiento. A las pocas semanas Don Justo decide el traslado a Panticosa en cuyo balneario inicia la recuperación. Ulteriormente la estancia se prolonga en el monasterio nuevo de San Juan de la Peña, En ambos lugares le acompaña su hermana Pabla. Estos vómitos de sangre bronquiopulmonar provienen de una lesión tuberculosa añadida al paludismo todavía recidivante. No fue el último tributo que tuvo que pagar Cajal por haber estado combatiendo en las trochas de los siboneyes antillanos.

o que Cajal las bautizó ya en 1887. Y multitud de hallazgos neuroanatómicos que dan ligero atisbo de la amplitud de una labor excepcional. La explicación del funcionamiento de la articulación temporomandibular a partir de los reflejos surgidos en la encía, periodonto y borde de la lengua es tan sagaz como original. Probablemente fue el primer fotógrafo en color de España, En la plaza de la Misericordia zaragozana realizó una serie de fotografías, del ruedo y de los tendidos, de enorme valor iconográfico y muy buscada por los historiadores taurinos.

Creador de la Escuela histológica Española tuvo discípulos de la talla de Jorge F. Tello, Pedro Ramón y Cajal, Río Hortega, N. Achúcarro, Fernando de Castro, Ramón Pananas, Martínez Pérez, Sánchez y Sánchez, Villaverde, Rodríguez Lafora, Lorente de No, Sanz Ibáñez, Ortíz Picón, Clemente Estable e, indirectamente figuras de la categoría de Sherrington, Penfield y Severo Ochoa.

Soslayamos la obra literaria citando sucintamente tres de sus más conocidos libros de temas paramédicos: Los tónicos de la voluntad, Charlas de Café y El mundo visto a los ochenta años. Buen escritor, no en vano sustituyó a Juan Valera en la Academia Española de la Lengua.

Como pintor y dibujante, ahí están su autorretrato del Museo de Dibujo “Castillo de Larrés”, el álbum de láminas de cortes anatómicos de la Facultad de Zaragoza así como uno de sus bodegones expuesto en el Museo de Bellas Artes de Córdoba. Las representaciones de Anatomía de la universidad cesaraugustana son prodigiosas. Los dibujos de la “Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados” su obra magna y de obligada consulta por los estudiosos, son tan bellos como pedagógicos. Razón tenía Gregorio Marañón al lamentar que el bedel borrase las figuras que Don Santiago realizaba en sus clases.

La iconografía sobre don Santiago es tan buena como abundante. Aparte del ingente número de fotografías propias y ajenas, Mariano Benlliure, Victorio Macho, Pablo Serrano, José Gonzalvo, nos dejaron bellísimas esculturas. Joaquín Sorolla e Izquierdo Vivas, quien lo pinta con uniforme capitán, lo retrataron al óleo; Guillermo Pérez Baylo, en carboncillo y Pedro Frías a plumilla. Un reciente tapiz de hilo policromado de Conchita Prats de Vidal completa tan preciada colección.

Cuando en 1898 se perdió Cuba, Cajal sintió una profunda decepción, una indisimulada tristeza. Pero su patriotismo no menguó. Venció su amargura publicando su famoso opúsculo “A Patria chica, alma grande”. Reaccionó como nos enseña su admirado Gracián, con entereza. Aún mejor, con grandeza.

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